miércoles, 1 de octubre de 2014

Un cuento de Cortázar...

Las Líneas de la Mano


De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre 
por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien 
para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, 
remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un 
cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada 
en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y 
desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil 
seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir 
por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al 
puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, 
entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea 
hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen 
para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las 
planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la 
escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac 
y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, 
por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último 
esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese 
instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.




François Boucher.  Muchacha reclinada.